¿Por qué surge la neurosis?


 ¿Por qué surge la neurosis?

La neurosis desde un punto de vista externo o social, es decir, refiriéndonos a la implicación de la familia, la sociedad y las instituciones en la génesis y mantenimiento de los trastornos neuróticos. En esta ocasión, argumentaremos brevemente el papel absolutamente determinante de la familia en este problema.

El psicoanálisis, y la más elemental y desprejuiciada observación de los trastornos neuróticos, nos revela de inmediato que la mayoría de éstos no son sino la manifestación de determinadas heridas y conflictos conscientes o inconscientes que, a su vez, son el fruto de un determinado grado de maltrato en la infancia. Dicho maltrato no hay que entenderlo exclusivamente en sentido físico, sino de un modo mucho más amplio, profundo y sutil. Psicodinámicamente hablando, es maltrato cualquier tipo y grado de frustración de las necesidades intrínsecas del niño. Las cuales podemos resumir del siguiente modo:

necesidades de seguridad (protección y cuidados físicos y emocionales)
necesidades de afecto (cariño, empatía, contacto físico y psíquico)
necesidades de respeto (a los sentimientos, espontaneidad y forma de ser del niño/a)
Tales actitudes indispensables por parte de la familia y cuidadores del niño deben ser, obviamente, sinceras -y no aparentes- tanto a nivel consciente como inconsciente; y han de ser invariables, o sea, sin interrupciones ni altibajos. Cuanto más prematuramente, más intensamente o durante más largo tiempo se aleje la crianza de un niño/a de estas actitudes básicas, tantos más microtraumas o grandes heridas acumulará a lo largo de su infancia, y más síntomas neuróticos comenzará a desarrollar, generalmente a partir de la adolescencia .

Tal como resumió magníficamente Alice Miller, podemos observar una típica sucesión de fases en la génesis de los trastornos neuróticos:

el niño/a recibe una serie de daños (desamor, agresiones, desprecios, carencias, miedos, pérdidas, etc.) entre los 0 y los 13 años.

el niño/a reprime (es decir, se “traga”) instintiva e inadvertidamente sus emociones al respecto (dolor, ira, odio, pánico, etc.) para no perder el supuesto amor de su familia, cuyos errores minimiza o ni siquiera percibe (la idealiza).

el niño/a, a medida que crece, va olvidando la mayor parte de su nocivo pasado (tal como se olvidan los sueños), del que sólo quedan, como islotes, algunos recuerdos. Pero dichos recuerdos son sólo imágenes frías desprovistas de sus afectos asociados, que permanecen reprimidos.

A partir de la adolescencia, o tras algún suceso desencadenante en la edad adulta (frustraciones, divorcio, muerte de un familiar, nacimiento de un hijo, etc.), el sujeto comienza a mostrar extraños síntomas neuróticos (inseguridades, ansiedades, fobias, obsesiones, agresividad, depresión, adicciones, etc.).

como el pasado ya está lejos y olvidado, nadie entiende nada. Los padres son ahora unos ancianos “inofensivos” e “inocentes” que activan el sentimiento de culpa y el forzado -y por ello falso y prematuro- “perdón” de su hijo/a maltratado/a. Comienza así el calvario de la psiquiatría y las malas psicoterapias basadas en “culpar al enfermo”, que encubrirán aún más -ahora con argumentos pseudocientíficos – las causas biográficas del drama interior del neurótico.
Debemos señalar que la incuestionable responsabilidad de la familia en la formación de hijos neuróticos no solamente es ignorado por aquélla , sino también por algunos profesionales de la salud mental, que están sujetos a diversos intereses sociales e ideológicos y, además, ellos mismos tampoco han concienciado y resuelto sus propios dramas familiares . De este modo, las responsabilidades parentales quedan siempre en la sombra (excepto en los casos más graves), sin que la mayoría de psicoterapias vigentes quieran ocuparse del problema.

Es cierto que el enfoque convencional, subjetivista, de la neurosis es indispensable desde el punto de vista terapéutico. Pero para comprender y curar a fondo aquélla y, sobre todo, para prevenirla, es también inexcusable -y socialmente urgente- completar dicho enfoque con una visión más amplia, sociofamiliar, que sepa reconocer sin miedo el verdadero papel de todas y cada una de las personas involucradas en la génesis y perduración del drama neurótico. Mientras no lo hagamos así, nos convertimos sin quererlo ni saberlo en cómplices y encubridores de dicho drama.

No podemos, por ejemplo, seguir aferrándonos a la idea superficial de que la biología, los pensamientos y los aprendizajes determinan la felicidad -lo que sólo es cierto en parte-. Debemos asumir, además, que la personalidad, los comportamientos, la salud psicológica están también poderosísimamente condicionados por la clase de trato psicofísico recibido por el sujeto a lo largo de sus largos años de crianza. Según nos trataron, así somos y actuamos, a veces de modos terriblemente compulsivos. Y quienes nos trataron -bien o mal- no son personas desconocidas, sino nuestros propios padres, hermanos, abuelos, parientes, profesores, amigos, etc., que a menudo siguen ejerciendo su nociva influencia sobre el neurótico hasta el fin de sus días. Si la sociedad se empeña en ocultar al neurótico los verdaderos autores inconscientes de su mal -es decir, los encubre y absuelve, cosa que no hace, por otra parte, con los maltratadores de mujeres, violadores, etc.-, ¿qué entendemos exactamente por “curación”?

Psicodinámicamente, la curación del neurótico exige recorrer el camino inverso al que causó el problema, es decir, descubrir las emociones ocultas que subyacen a los síntomas, asociarlas a sus verdaderas causas (los maltratos y conflictos familiares, el desamor, etc.) y, reviviéndolas en el presente con coraje y sin culpa (no sirve su mero conocimiento intelectual), superarlas poco a poco con la ayuda del terapeuta. Esto implica un largo proceso de autoconocimiento, duelo y liberación que ayudará al sujeto a madurar, asumir el presente y superar definitivamente el pasado. Sólo entonces, no siendo ya necesarios, la mayoría de sus síntomas desaparecerán por sí mismos y el auténtico perdón sobrevendrá espontáneamente.

En conclusión, así como el neurótico es, en esencia y tal como vimos en el artículo anterior, un niño bloqueado que se resiste a crecer, jamás debemos olvidar que también es una víctima, un niño maltratado que desconoce sus heridas y a sus verdugos (de hecho, como en el “síndrome de Estocolmo”, está profundamente apegado a aquéllos). Ambas visiones, absolutamente complementarias, deberían formar parte de cualquier psicoterapia eficaz y humanista.

http://www.psicodinamicajlc.com/articulos/jlc/024b.html
© JOSÉ LUIS CANO GIL
Psicoterapeuta y Escritor
Primera Edición: 2/Enero/2008
Revisión: 3/Febrero/2009

© Se admite la reproducción de este artículo, citando al autor y la URL correspondiente.

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Publicado por

mpspapas

Papa de dos nenas MPS

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